La espada invisible

“Si oyes que, en una de las ciudades que Dios te da para habitar, algunos hombres malvados seducen a sus conciudadanos diciendo: ‘Vamos a dar culto a otros dioses’, consultarás, indagarás y preguntarás. Si es verdad, deberás pasar por el filo de la espada a los habitantes de esa ciudad, la destruirás con todo lo que haya dentro de ella, amontonarás todos sus despojos en medio de la plaza pública y prenderás fuego a la ciudad con todos sus despojos, todo eso en honor de Dios. Quedará para siempre convertida en un montón de ruinas, y no volverá a ser edificada.” Lo dice el Deuteronomio, uno de los cinco libros de
“No piensen que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer la paz, sino la espada. Sí, he venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra.” Lo dijo Jesucristo, considerado el hijo de Dios por los cristianos, según el evangelio de San Mateo.
“A quien, combatiendo por Dios, sea muerto o salga victorioso, le daremos una magnífica recompensa. Quienes creen combaten por Dios. Quienes no creen, combaten por los ídolos. Combatan, pues, contra los amigos del demonio.” Lo dice el cuarto capítulo del Corán, palabras dictadas por el arcángel Gabriel al profeta Mahoma.
Otros pasajes de los libros sagrados de las tres grandes corrientes monoteístas postulan la paz, el respeto por las diferencias. Pero son detalles. La historia de las religiones es la historia de la guerra. El objetivo es la fundación de estados sobre el temor a un dios y a sus representantes en
Abraham primero y Moisés después sojuzgaron a la población de una tierra que, según ellos, les había sido prometida por voces interiores y arbustos en llamas. Los seguidores de Jesucristo combatieron entre sí con fiereza, sometieron a los habitantes originales de todo un continente a sangre y fuego, arrancaron conversiones y confesiones de apostasía mediante tortura. Los musulmanes llegaron a imponerse desde la costa atlántica de Europa y África hasta el río Indo entre el siglo VIII hasta el XV de esta era, no por la persuasión sino la violencia.
Osama bin Mohamed bin Awad bin Laden es una de las últimas expresiones de la guerra por la fe. Es un jeque, es decir, un guía espiritual musulmán. Es rico, tan rico como para convertirse en la única persona que le ha declarado en su propio nombre la guerra a la única superpotencia que va quedando. Nacido en el siglo XX en Arabia Saudita, la tierra de Mahoma, encarna la evolución de la espada, eufemismo que en
El jeque Osama considera que el Islam es el único camino. Pero no invita a sus congéneres humanos a recorrerlo: su intención es imponerlo. Sigue sin desvíos el rumbo de la historia, pues las religiones no avanzaron en este mundo sobre los pies de los predicadores sino al paso redoblado de los ejércitos. La primera etapa de la guerra que declaró en 1996 concluirá con la expulsión de los infieles —cristianos, judíos y ateos— de las tierras sagradas de Arabia Saudita e Israel. Su siguiente objetivo será imponer la versión más rígida de la shariá, la ley islámica, en todos los países de mayoría musulmana, donde viven más de mil millones de personas. A continuación, avanzará hasta que mueran todos los infieles del mundo que no hayan aceptado, con entusiasmo o resignación, el camino correcto.
Osama bin Laden nunca aceptó la responsabilidad de las muertes que se le atribuyen, pero siempre alabó a los asesinos. Osama bin Laden es una de las figuras más famosas del mundo, pero vive escondido en cuevas esculpidas en las montañas de Afganistán. Osama bin Laden tiene los poderes que algunas lecturas del Islam le asignan al jeque: la atracción, la guía y la capacidad de hacer posibles los deseos. Osama bin Laden no gobierna un país. No lo necesita. Sus miles de seguidores están presentes en todo el mundo, como un ejército sin estado y sin cuartel.
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Es posible que el 11 de septiembre de
Es posible que ese hombre, el jeque Osama, hubiera elevado entonces una plegaria o renovado sus maldiciones contra Estados Unidos e Israel (por infieles y opresores) o contra los gobiernos de Irán, Arabia Saudita y la autonomía palestina (por blasfemos y traidores), sin soltar su ametralladora Kalashnikov. Quienes lo han visto dicen que cuando reza, cinco veces por día de acuerdo con el rito musulmán sunita, las lágrimas se pierden en su larga barba negra.
Ese 11 de septiembre, a esa hora y en pocos minutos, murieron seis mil personas: los pasajeros y tripulantes de cuatro vuelos comerciales secuestrados en Estados Unidos, miles que se encontraban en los tres edificios en que se estrellaron esos aviones —las torres gemelas del World Trade Center de Nueva York y el Pentágono, sede en Washington del Departamento de Defensa— y cientos de bomberos y policías que acudieron al rescate.
Es posible que la escena en las cuevas de Afganistán fuera la repetición de otras anteriores, cuando estallaron las embajadas de Estados Unidos en Kenia y Tanzania en agosto de 1998, cuando una bomba inutilizó el acorazado USS Cole en el puerto yemenita de Adén en enero de 2000, cuando 62 personas fueron acribilladas en Luxor, Egipto, en 1997, y en tantos otros atentados terroristas atribuidos por gobiernos occidentales e incluso del mundo islámico a la tenue y elástica red terrorista que conduce Osama bin Laden.
El asesinato de sus enemigos es la única forma que conoce de disfrutar el dinero. Su vida es una complicada carrera contra la muerte a la que jura no temer. Nunca permanece más de una semana en cada una de las bases militares que le sirven de hogar, y tiene docenas para elegir. Viaja acompañado por una cohorte de mujahidines (combatientes islámicos) en una caravana de camionetas Toyota negras. Su llegada es celebrada con cánticos y ráfagas de ametralladora.
Arrastra en su huida permanente a cuatro esposas y numerosos hijos. Su primera mujer lo abandonó en 1996, y espera la muerte del jeque para que sus cinco hijos hereden la fortuna congelada por el régimen saudita. Una de sus mujeres, dicen, es hermana de Jalid bin Mafuz, otro magnate saudita, hoy preso por la escandalosa quiebra en 1991 del Banco de Comercio y Crédito Internacional (BCCI), y cuyo representante en Estados Unidos fue un amigo de la familia del presidente George W. Bush. Otra de sus esposas es hija de un ex ministro saudita, Seki al Yemani. Una tercera es sobrina de Hassan al-Turabi, el hoy encarcelado líder espiritual del régimen islámico de Sudán, que le dio refugio entre 1991 y 1996. Y Bin Laden es, al mismo tiempo, suegro y yerno del mulá Mohamed Omar, líder religioso de Talibán, las milicias islámicas que lo protegen en Afganistán. “Todas mis hijas están casadas con combatientes islámicos”, dijo el jeque. La fe, los negocios, la política y la ametralladora son un todo armónico en su matrimonio colectivo.
A pesar de su riqueza, el jeque Osama es frugal, de gustos sencillos. Suele prepararse él mismo la comida e invitar a sus mujahidines a compartir la mesa. No es una actitud frecuente entre los arrogantes millonarios del mundo árabe. “Nació con una cuchara de plata en la boca, pero está mucho más relacionado que cualquier gobierno árabe con la juventud marginalizada de su generación”, dijo Hamoud Salí, profesor de Relaciones Internacionales de Medio Oriente en
Siempre está pulcro, en parte por razones religiosas: el Islam ordena una profunda limpieza personal antes de cada oración. Se levanta a las 5.30 de la mañana de la fría madrugada afgana. Se limpia los dientes a la usanza árabe, con el miswak, un trozo de madera fino. Después de las plegarias, dedica horas enteras al estudio del Corán. Desayuna dátiles, yogurt, pan y té. Suele sonreir, pero rara vez se ríe. Habla poco, despacio y bajo, aunque su personalidad es dominante, tal vez por su elevada estatura, tal vez por el aura que le otorga la autoridad moral, la devoción que ganó en el combate o el dinero. Guarda su furia: ni siquiera ha estallado ante los muchos periodistas occidentales que lo entrevistaron, a los que considera sirvientes del demonio. Nunca pierde la calma, ni aun en medio de una lluvia de misiles. “Los musulmanes creemos que cuando morimos iremos al paraíso. Antes de una batalla, Dios nos envía ‘sakeena’ (tranquilidad)”, dijo, entrevistado por el diario británico The Independent.
Sam, O’Sam, el Director, el Príncipe, el Emir, el Jefe, el Jeque Guerrero, Al Qaqa o Abú Abdalá, como lo llaman sus seguidores en mensajes electrónicos cifrados, cambia su ropa según el auditorio. Puede vestir el dishdashá de algodón blanco y el gutrá cubriendo su cabeza, al estilo árabe, ropas tribales yemenitas, túnica y turbante al uso afgano —negro, como los talibanes, blanco, como los persas, o dorado, como su fortuna— y, cuando ve próxima la batalla, una casaca de fagina camuflada de fabricación estadounidense. Escribe poesías, la mayoría sobre Palestina.
Le gusta andar a caballo y pescar. Reparte sus
Tarda medio minuto en estampar su firma: encierra su nombre en una Kalashnikov dibujada con cinco trazos.
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“Bin Laden es producto de las circunstancias, de una nueva estructura social y del sentimiento hoy predominante en el mundo musulmán: una fuerte hostilidad hacia Estados Unidos y hacia muchos regímenes árabes e islámicos aliados de Estados Unidos. Si no existiera Bin Laden, habría otro Bin Laden, con otro nombre, con el mismo papel. Es un fenómeno, no una persona”, dijo el médico saudita Saad al-Fagih, que participó en la guerra contra los soviéticos en Afganistán y que hoy conduce desde Londres el Movimiento para
El jeque Osama es producto, también, de la guerra fría librada en la segunda mitad del siglo XX. Bin Laden forjó su red de terroristas en el ejército de entre 10 mil y 50 mil combatientes de más de treinta países apoyado por Estados Unidos que combatió contra
Los servicios de inteligencia occidentales calculan en más de cinco mil los hombres que recibieron entrenamiento en docenas de campamentos financiados por el jeque Osama en Afganistán, Paquistán y Sudán, y también en otros más escondidos en Gran Bretaña, Filipinas, Kenia y Somalia. Esos mujahidines combaten en guerras civiles en el Magreb, en África subsahariana, en el Cáucaso ruso, en los Balcanes.
Pero también integran “células dormidas” —grupos inactivos o que preparan ataques— en sesenta países, algunos industrializados como Alemania, Canadá, España, Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Holanda e Italia, así como en Albania, Arabia Saudita, China, Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Eritrea, Etiopía, India, Indonesia, Irán, Iraq, Jordania, Malasia, Marruecos, Líbano, Libia, Palestina, Rumania, Siria, Sudáfrica, Tanzania, Túnez, Turquía y Uganda.
Bin Laden no es el titiritero de sus miles de seguidores. “Él es un financista de causas islámicas, más que un planificador y un participante activo. Su influencia real no es la de un cerebro terrorista sino la de una persona que usa su fortuna para alentar a otras a hacer la guerra”, sostuvo Shibley Telhani, experto en Medio Oriente de
El jeque Osama es el líder del Frente Islámico Internacional para
Los objetivos declarados del Frente Islámico son expulsar a los infieles —judíos y estadounidenses— del territorio sagrado musulmán —Arabia Saudita, Israel y Palestina—, para luego instaurar la jilafa (gobierno islámico o de los califas), basada sobre la shariá, en todos los países musulmanes, lo que supondría el derrocamiento de una treintena de gobiernos ubicados entre el sudeste asiático y el océano Atlántico. Los únicos regímenes de países musulmanes que subsistirían son los de Afganistán y Sudán, donde ya rige la ley islámica.
Según esta concepción, estado y religión son una unidad y pecado equivale a delito. “No hay en absoluto ninguna otra legislación, sino la shariá, y no se puede gobernar excepto con las revelaciones de Dios. Quien haya impuesto leyes ajenas a la shariá ha cometido pecado y apostasía y abandonado el Islam. Estos dirigentes están en guerra con Dios y deben ser combatidos y matados”, sostuvo el estudioso árabe Abú Dujanah Al-Canadi.
Los seguidores del jeque Osama incluyen entre sus metas la conquista de territorios donde hubo gobiernos musulmanes en algún momento de la historia, como Chipre, España, Etiopía, Francia, Hungría, India, Portugal, Yugoslavia y toda la península Balcánica, o de cualquier país donde viva aunque sea un solo musulmán. Lo que equivale a la conversión forzada de toda la población mundial. “Las fronteras no tienen importancia a nuestros ojos. Todas las tierras pertenecen a Dios”, escribió Bin Laden en un mensaje dirigido a la juventud musulmana.
Los mujahidines dicen cumplir con el deber religioso de la jihad (guerra santa), un concepto resbaloso del pensamiento islámico. Los clérigos de las corrientes musulmanas predominantes la conciben como una lucha personal contra el pecado, pero otros, cada vez más, la consideran una guerra contra los infieles, en el sentido más literal del término. Y aun entre los que proponen la jihad armas en mano, muchos rechazan la inmolación de bombas humanas, porque el suicidio es pecado, y la matanza de civiles en general o de mujeres y niños en particular, a menos, según algunos, que sean judíos o estadounidenses.
La estrategia trazada por Bin Laden, al parecer, es desestabilizar hasta la caída el gobierno de un país islámico, como Arabia Saudita —el ojo de la tormentosa furia del jeque—, o quizás Argelia y Egipto, para lograr un efecto dominó que voltee los demás regímenes. El despotismo imperante en esos países crea las condiciones para revueltas populares que sólo necesitan algún aliento. Pero como los esfuerzos han sido, hasta ahora, infructuosos, Bin Laden mira hacia el norte, para abrir un segundo frente en Chechenia y Daguestán, territorios rusos de mayoría musulmana. La reacción a los ataques contra Estados Unidos podría sepultar para siempre esas posibilidades, o abonar el descontento cada vez más violento del mundo islámico. Todo suma, hasta el martirologio de un jeque terrorista.
La táctica es el terrorismo, entendido como sucesión de ataques sorpresivos, súbitos y mortales contra un objetivo, militar o civil, tendiente a sembrar el miedo en el enemigo. El mismo medio, con distinto fin, había sido empleado en los años 60 y 70 por organizaciones marxistas —o sea, ateas— del mundo árabe, como el Frente Popular para
La guerra convencional, de militares contra militares en un campo de batalla, queda, por ahora, descartada. “Es sabio, en las actuales circunstancias, que nuestras fuerzas no se comprometan en un combate convencional con el enemigo cruzado, a menos que alcancemos una gran ventaja y le ocasionemos grandes pérdidas”, escribió Bin Laden su la declaración de guerra a Estados Unidos e Israel. “Aterrorizarlos mientras andan armados en nuestra tierra es una obligación moral. Es un derecho legítimo reconocido a todos los humanos y a las bestias”, agregó.
“No diferenciamos entre los vestidos de uniforme y los civiles. Todos son blancos. Debemos castigarlos para mantener su maldad lejos de los hombres, mujeres y niños musulmanes”, dijo, entrevistado por John Miller para la cadena televisiva estadounidense ABC en mayo de 1998. Pero no es el único que piensa eso, como él mismo recordó en esa ocasión: “Estados Unidos arrojó la bomba atómica contra Hiroshima y Nagasaki. ¿Acaso esas bombas pueden distinguir militares de mujeres y niños?”
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Bin Laden heredó mucho dinero de su padre y “es un hombre de negocios que controla cada peso”, sostuvo su biógrafo paquistaní, Hamid Mir. “Parte del capital, invertido en decenas de corporaciones en el mundo árabe, en Asia y Europa, está administrado por hermanos expertos y da muchas ganancias”, se enorgulleció uno de sus portavoces en Gran Bretaña, Mohammad Omar Bakri. “Por otra parte, la lucha sin cuartel de Osama contra los infieles hace que miles de musulmanes envíen su ‘zakat’ (limosna), lo que suma unos 900 millones de dólares anuales.”
Las contribuciones de musulmanes ricos y pobres que aplauden los objetivos y la táctica terrorista de Bin Laden son recogidas por organizaciones de caridad como Islamic Relief y Muwafaq Foundation, de Sudán, que tienen cuentas bancarias en Nueva York y en Londres, y la keniata Mercy International Relief Agency. Entre los aportantes figuran millonarios sauditas, incluso miembros de la familia real descontentos con la política del rey Fahd. Ese dinero debe seguir el camino inverso al del lavado de dinero obtenido en actividades ilícitas, explicó John Moynihan, ex investigador de la agencia antidrogas estadounidense (DEA). “Bin Laden obtiene fondos limpios y legítimos y los utiliza con propósitos sucios. Rastrear ese dinero es el doble de difícil porque no despertó sospechas antes”, dijo Moynihan.
Por otra parte, según Al-Fagih, los hermanos del jeque Osama repudian su prédica, pero algunos le hacen llegar parte de los dividendos del negocio familiar que le corresponden porque, de acuerdo con la tradición árabe, “se sentirían pecaminosos si no dejan que ese dinero vaya a quien consideran su verdadero propietario”.
Sus convicciones le impedirían acudir a bancos —el Islam condena la usura, y es creencia generalizada en el mundo musulmán que el mundo financiero es dominio judío—, pero el pragmatismo lo habría obligado a colocar su dinero en paraísos fiscales, muchos de ellos protegidos por la legislación británica. Según diversas investigaciones, el jeque Osama cuenta con inversiones en decenas de empresas legales, algunas de ellas transnacionales y todas ellas impenetrables, como haciendas agrícolas en Europa y con representaciones de comercio exterior.
En 1993, el libro “The Outlaw Bank”, de los periodistas estadounidenses Jonathan Beaty y S.C. Gwynne, fue aun más lejos al trazar lazos entre Bin Laden y compañías petroleras pertenecientes al presidente George W. Bush a través del BCCI, disuelto en 1992 en medio del “fraude bancario más grande de la historia financiera mundial”, según el fiscal Robert Morgenthau, del distrito de Manhattan. Ese banco, que salvó en el pasado en varias ocasiones a un bisoño Bush de la bancarrota en negocios petroleros, financió acciones encubiertas de
Agencias de espionaje occidentales aseguran que el jeque Osama ha intentado utilizar sus recursos para adquirir o producir armas biológicas, químicas y nucleares, y quizás ya disponga de ellas. “Comprar armas para defender el Islam es un deber religioso. Para un musulmán sería un pecado no intentar obtener las armas capaces de evitar que los infieles causen daño a su pueblo”, dijo Bin Laden al periodista paquistaní Rahimullah Yusufzai.
Pero no se necesita mucho dinero para armar a un ejército informal. Gran cantidad de misiles tierra-aire y tierra-tierra de fabricación estadounidense y sin usar quedaron en Afganistán, bastión de Bin Laden, luego de la retirada soviética. “La dinamita es más barata que el azúcar en Somalia. En Yemen, es posible obtener un disparador de granadas más barato que un televisor”, aseguró Al-Fagih. Además, la desintegración de
Tampoco se necesita gran cantidad de dinero para cometer atentados terroristas como los que se atribuyen a la organización de Bin Laden. Quienes los llevan a cabo no son mercenarios, sino jóvenes acomodados, con recursos propios, dispuestos a dar la vida. Muchos de ellos tienen estudios universitarios y no son ortodoxos en materia religiosa: los que cometieron los atentados en Nueva York y Washington el 11 de septiembre de 2001 tomaban alcohol, contrataban prostitutas y solían concurrir a bares de topless. “Son jóvenes inteligentes y ambiciosos que aspiran a utilizar su educación en una economía moderna y desarrollada y que se sienten frustrados ante la falta de empleos y de oportunidades”, dijo Samuel Huntington, el politólogo de la estadounidense Universidad de Harvard que pergeñó la fórmula del “choque de civilizaciones”. “Se sienten atraídos por la cultura occidental, pero también rechazados por ella.”
“Estos jóvenes saben que van a morir, de todos modos, y que la muerte más honorable es la que ocurre en el camino de Dios”, advirtió el jeque Osama en su declaración de guerra. “Estos jóvenes no tienen otra intención que entrar al paraíso matándolos a ustedes. Estos jóvenes aman la muerte tanto como ustedes aman la vida.”
Estos jóvenes aprenden cómo alcanzar a Dios en una obra monumental de seis tomos y mil páginas, escrita en árabe. No es un libro de plegarias. Se trata de un manual llamado “
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Mohamed bin Awad bin Laden nació en la oriental provincia yemenita de Hadramut, en Al Ribat, un poblado de pocos miles de habitantes. Allí acude cualquiera que en las localidades cercanas necesite un constructor. Hacen de todo: arreglos, viviendas, mezquitas. “¿Por qué somos constructores? Bueno, porque sí. Porque siempre ha sido así y siempre lo será, hasta el día del juicio final”, dijo Salim Saeed al-Gerin, que se gana la vida cargando maletas. En este pueblo de orgullosos constructores surgió la mitad de la estirpe del hombre a quien se acusa de la demolición más perversa de la historia.
Al Ribat no tiene más horizontes que el desierto. Durante siglos, los yemenitas de Hadramut han buscado una vida mejor en el norte, en la tierra de las dos mezquitas más sagradas del Islam, hoy conocida como Arabia Saudita. Mohamed bin Laden lo hizo en 1931, un año antes de la unificación del reino, en una caravana de camellos. Sólo llevaba una pequeña valija de cuero, que conservó expuesta en una vitrina a la vista de los visitantes de su mansión más lujosa. Se estableció en Jedda, el puerto más cercano a
Su primer golpe maestro fue sugerir al rey Abdul Aziz, más conocido como Ibn-Saud, la construcción de rampas en sus palacios para que pudiera transitarlos en su silla de ruedas sin problemas. Luego, ofertó un precio bajísimo por la refacción de una mansión de los Al-Saud, la familia real. En 1950, Ibn-Saud encargó a su hijo y heredero, el príncipe Saud, la ampliación de las mezquitas más sagradas del Islam, en
Mohamed bin Laden forjó el grupo económico más poderoso de Arabia Saudita fuera de la familia real. Eso le dio poder político. Su mediación fue determinante en 1964 para que, en medio de una aguda crisis financiera, el rey Saud abdicara en su hermano, el príncipe Faisal, que gozaba de mucha más popularidad y experiencia de gobierno. Como las arcas del estado estaban exhaustas, el constructor yemenita pagó de su bolsillo los salarios de todos los funcionarios públicos por seis meses. No lo hizo gratis: Faisal le asignó por decreto todas las obras públicas del reino.
El grupo de Bin Laden también tuvo a su cargo el mantenimiento de la mezquita de Al Aqsa, en
Mohamed bin Laden impuso férreas normas de relacionamiento en su familia, compuesta, según la versión más difundida, por 10 mujeres, entre esposas oficiales y concubinas —elegidas para reforzar sus contactos empresariales y políticos, una costumbre que heredaría el jeque Osama—, y entre 52 y 57 hijos. No permitió distinciones entre los de distintas madres. Todos debían respetarse entre sí, y hasta cumplir la mayoría de edad estaban obligados a cenar y almorzar juntos. El estudio era una obligación. Los arreaba a todos en viajes al desierto y al mar, no tanto de placer sino de disciplinamiento. Los allegados a Osama Bin Laden niegan que haya conocido desde la niñez los lujos turísticos de España, Gran Bretaña, Francia y Suecia, pero existen fotografías que demuestran lo contrario.
Como es costumbre en el mundo islámico, los hijos de Mohamed bin Laden debían aprender el Corán de memoria. Sin embargo, él era considerado un musulmán moderado, en un país donde el estricto cumplimiento de las normas religiosas es la norma.
Mohamed bin Laden murió en 1968. Su avión privado se estrelló en las montañas del sur de Arabia Saudita cuando su hijo más famoso era un niño a quien hoy cuesta imaginar sin barba. Su grupo empresarial, hoy al mando de sus herederos, se sigue manejando casi en secreto. Los Bin Laden no contratan pubicidad en los medios de comunicación, y nadie sabe si una obra pertenece al consorcio hasta que está terminada.
Hoy, los hermanos del jeque Osama dirigen un ejército de decenas de miles de empleados en todo Medio Oriente, dedicados a la construcción de complejos de vivienda, centros comerciales, instalaciones militares, carreteras y aeropuertos. El Centro Faisiliya, el edificio más alto de Riyad, lleva su firma, y también buena parte de la reconstrucción de Beirut al cabo de la guerra civil. También poseen empresas de agricultura e irrigación, telecomunicaciones, petróleo y química.
El grupo de Bin Laden representa en Arabia Saudita a fabricantes europeos y estadounidenses de automóviles de lujo. Participa, además, en el Banque Française de l’Orient y
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La vida de Osama bin Laden es como un laberinto de espejos distorsionados. Paradoja del hombre más investigado por los servicios de espionaje: las sombras que rodean su figura impiden a los biógrafos ponerse de acuerdo sobre hechos tan inequívocos como su nacimiento. La versión más reproducida lo ubica en Riyad en 1957, y surge de la revista australiana Nida’ul Islam, portavoz de las corrientes jihadistas. El semanario egipcio Al Arham, la publicación más antigua del mundo árabe, también afirma que el jeque nació en la capital saudita, pero en 1956. Por su parte,
La nacionalidad y el carácter de su madre tampoco es motivo de unanimidad. “La madre de Osama, una belleza siria, fue la cuarta esposa oficial de Mohamed bin Laden (las otras tres eran sauditas), y era considerada demasiado adelantada para su época por esta conservadora familia. Se negaba, por ejemplo, a vestir la burqa sobre sus trajes Chanel cuando viajaba al extranjero”, escribió para la revista New Yorker la experta en asuntos de Medio Oriente Mary Anne Weaver. “Hamida, la madre de Bin Laden, era una mujer de asombrosa belleza, hija de un comerciante sirio. Tenía 22 años cuando se casó, y tenía una gran educación. Era cosmopolita. Evitaba el tradicional velo saudita y le gsutaban los trajes Chanel, lo cual, junto con su carácter de estranjera, disminuyó su imagen ante la familia. La conocían como la ‘esposa esclava’ de Bin Laden”, sostuvo Jason Burke, del diario británico The Observer. “La madre de Osama bin Laden, una palestina bastante fea, era la esposa más menospreciada del polígamo Mohamed bin Laden”, aseguró el periodista Yeslam Dzhurabayev en la revista económica Expert, de Moscú. Otra versión, atribuida por la cadena televisiva estadounidense Public Broadcasting Sistem a los servicios de inteligencia franceses, le atribuye nacionalidad palestina.
No es posible evaluar el cariño en términos aritméticos. Pero el hecho de que el jeque Osama sea el único retoño de una entre 10 esposas y concubinas, el resto de las cuales con un promedio de al menos cinco hijos, permite sospechar que su madre no era la mujer más querida de Mohamed bin Laden. Esa es una de las tantas explicaciones que circulan para especular por qué tomó el camino de la guerra santa entre decenas de hermanos bien afeitados, vestidos a la occidental, dedicados en exclusiva a los negocios y moderados en materia religiosa.
Por otra parte, la visión de las mezquitas de
“Era muy cortés, más que cualquiera de su clase”, recordó Brian Fyfield-Shayler, su profesor de inglés en Al-Thagh, una escuela privada de Jeda al estilo occidental. “Se destacaba porque era más alto, más hermoso y más elegante que sus compañeros, con mucha confianza en sí mismo. Osama tenía unos modales extraordinarios y era muy tranquilo, yo diría que muy tímido. Era muy preciso y consciente en su trabajo. No era ni de los peores ni de los mejores alumnos: se ubicaba entre los dos grupos, lo que no quiere decir que haya sido un estudiante mediocre. Muchos estudiantes se apresuran a demostrarte lo listos que son, pero si Osama nunca pedía la palabra si sabía la respuesta: sólo la decía cuando se lo preguntabas a él.”
El acercamiento de Bin Laden a organizaciones radicales islámicas comenzó en
Los años finales de su adolescencia transcurrieron en las sombras. Según versiones reiteradas —una de cuyas principales fuentes es un peluquero anónimo que habló con el diario Mideast Mirror, de Londres—, Osama era entonces “un bebedor fuerte que con frecuencia se enfrascaba en trifulcas con otros jóvenes por alguna bailarina exótica o camarera” en las agitadas noches de Beirut, a la sazón el burdel de Medio Oriente. El periodista Simon Reeve incluyó en esta fiesta que parecía interminable a otros hermanos Bin Laden, que “compraban prostitutas, se emborrachaban y caían en crisis religiosas”. Por esos tiempos, musulmanes y cristianos estaban dedicados a demoler a golpes de guerra civil la hermosa capital de Líbano, y no existen dudas sobre el bando con que se alineó el joven Osama, y menos aun cuando Israel ocupó el país en 1978.
El año siguiente fue el decisivo en la vida de Bin Laden y para millones de musulmanes. En 1979 viró la mentalidad de la juventud islámica, así como la occidental en 1968. El presidente egipcio Anwar el Sadat se convirtió entonces en el primer gobernante árabe que firmó la paz con Israel. Mientras, el ayatolá Ruolá Jomeini, líder espiritual de los musulmanes chiítas, encabezaba la triunfante revolución islámica que acabó en Irán con el despótico reinado del shah Rezah Pahlevi. En noviembre, radicales islámicos tomaron la gran mezquita de
El pacto de Sadat con el primer ministro israelí Menajem Begin, con el patrocinio del presidente estadounidense Jimmy Carter, fue percibido en el mundo árabe como una traición, y le costó la vida dos años más tarde. Los acuerdos de Camp David alentaron el derrumbe de la imagen de líderes árabes laicos como el propio Sadat, el palestino Yasser Arafat, el sirio Hafez el Assad y el iraquí Saddam Hussein, a quienes los musulmanes practicantes consideran claudicantes y oportunistas.
Por el contrario, la gesta de Jomeini en Irán sembró el entusiasmo. La imposición de la ley islámica en un país no árabe marcó el comienzo del fin del panarabismo, ideología de base laica que se fortaleció en los años 60 al influjo del presidente egipcio Gamal Abdel Nasser. La utopía de un mundo árabe unificado de 180 millones de personas fue sustituida de a poco con la de una hermandad islámica universal con más de mil millones. Arabia es una identidad cultural de origen étnico y geográfico. En cambio, el Islam es una profesión de fe, sin más fronteras que los confines del mundo. La inmensa mayoría de los musulmanes están fuera del mundo árabe: 300 millones viven en India y Paquistán, casi 200 millones, en en el sudeste de Asia, e igual cantidad en Africa subsahariana. En las repúblicas que integraron la disuelta Unión Soviética y en China residen 100 millones, en Europa, 26 millones, y en Estados Unidos, seis.
¿Qué importa si un musulmán es negro en Etiopía, trigueño en Jordania, amarillo en Indonesia o rubio en México? ¿Qué importa la forma de los ojos, o los detalles rituales? Un musulmán sunnita reza cinco veces al día, y un chiíta, tres, pero ambos creen en un único dios cuyo profeta es Mahoma.
La ocupación soviética de Afganistán detonó el sentimiento panislámico, con la ayuda entusiasta de Estados Unidos. El asesor de Seguridad Nacional del liberal presidente Carter, el polaco Zbigniew Brzezinski, libraba una sorda guerra académica con el ex secretario de Estado conservador Henry Kissinger, y ansiaba una éxito que opacara a su rival. Brzezinski propuso a su jefe aprovechar la oportunidad de enfrentarse en una guerra con
La idea fue aceptada por Carter y continuada por su sucesor, Ronald Reagan (1981-1989), quien calificó a los mujahidines en Afganistán de “combatientes de la libertad”. Al finalizar la invasión soviética en 1989, Estados Unidos había gastado entre tres mil y 10 mil millones de dólares, canalizados a través de
Osama bin Laden fue un mujahidín, uno entre decenas de miles, y de los más bravos. “Sí, combatí en Afganistán, pero otros hermanos musulmanes hicieron mucho más que yo. Ellos murieron, y yo sigo vivo”, dijo luego.
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A Washington no le conviene ahora aclarar si Osama bin Laden recibió su apoyo directo en la jihad afgana, y al jeque tampoco. Ese detalle quedará en la zona oscura de su biografía. Lo que está más allá de toda duda es que Estados Unidos y el joven Osama compartieron la trinchera entre 1979 y 1989, y que la camaradería se tornó odio de la noche a la mañana.
Los allegados al jeque aseguran que su sentimiento antiestadounidense es anterior incluso a la guerra, que en los años 70 exhortaba a sus amigos a no comprar productos de ese origen, y que, ya en Afganistán, vaticinaba que la siguiente jihad sería con su entonces aliado. “Bin Laden me repitió varias veces que jamás aceptó ni una sola bala de los occidentales y que nunca se reunió con agentes estadounidenses o británicos”, dijo el periodista británico Robert Fisk, que lo entrevistó en dos ocasiones para el diario The Independent. El jefe del programa secreto de asistencia estadounidense a los mujahidines, Milton Bearden, jefe de estación de
Los suspicaces afirman, en cambio, que el príncipe Turki al-Faisal, jefe de los servicios secretos sauditas, le habría facilitado a Bin Laden un contacto con agentes de
“La invasión a Afganistán me enfureció. Fui allí pocos días después. Un día de lucha en Afganistán era como mil días de plegaria en una mezquita”, declaró años más tarde Bin Laden a The Independent. Su primera escala fue el puerto paquistaní de Karachi. De allí se dirigió a un campamento de refugiados en Peshawar, bastión de la oposición a los soviéticos en el noroeste de Paquistán, donde se entrevistó con líderes afganos como Burhanuddin Rabbani y Rasul Sayyaf, a quienes conocía de sus peregrinaciones a
En los primeros años, la presencia de Bin Laden fue discreta. En su segunda visita, llevó maquinaria pesada de la empresa familiar para cavar trincheras y cuevas en las montañas, abrir carreteras y construir bases militares dentro de Afganistán. Él mismo manejaba las excavadoras y apisonadoras, a veces bajo la lluvia de balas de los helicópteros artillados soviéticos. Sus estancias en Afganistán comenzaron a prolongarse. Quería ser él mismo un combatiente, no sólo un financista o un organizador. Por eso, construyó alojamientos para mujahidines en Paquistán, como Beit-al-Ansar (Casa de los Creyentes) en la calle Syed Jalaluddin Afgani, en Peshawar, lo que le permitió un mayor control del envío de combatientes al frente.
“Bin Laden fue uno de los miles de mujahidines en Afganistán. A diferencia de los otros, poseía una enorme fortuna. Sus ideas políticas y organizativas no eran muy complejas, pero tenía una gran imaginación. Comía y dormía muy poco. Era muy generoso. Era capaz de quitarse la ropa para dársela a quien la necesitara, y no dudaba en dar su dinero”, afirmó el dirigente islámico argelino Abdulá Anas. “No tenías cómo saber que era rico o que era comandante. Solíamos sentarnos juntos y comer como amigos”, recordó otro veterano.
Estados Unidos suele restar importancia al papel militar de Bin Laden. “Pasaba la mayor parte del tiempo en Peshawar. No era un guerrero muy valiente en el campo de batalla”, dijo Milton Bearden. Pero sus simpatizantes aseguran haberlo visto en numerosas escaramuzas y en un puñado de batallas decisivas, la principal de ellas en Jalalabad, que marcó en 1986 el comienzo del repliegue soviético. “Para nosotros fue un héroe, porque siempre estaba adelante de todos en el frente de batalla. No sólo dio dinero: se dio a sí mismo. Bajó de su palacio para vivir con los campesinos afganos y con los combatientes árabes. Cocinaba y comía con nosotros”, recordó el palestino Hamza Mohamed, hoy gerente de una empresa de Bin Laden en Sudán.
Los mujahidines no dudaban de la justicia de su causa ni de su santidad. “Lo vi con mis propios ojos. Un avión ruso nos sobrevolaba y arrojaba bombas. Entonces, uno de nuestros hermanos tomó un puñado de arena y lo arrojó hacia el avión, que cayó en llamas. Los ángeles peleaban de nuestro lado”, dijo a la revista Al-Ahram un combatiente egipcio.
Osama bin Laden también asegura haber gozado el amparo de los milagros: “Una vez, los rusos llegaron a treinta metros de donde yo estaba, pero Dios había puesto tanta tranquilidad en mi corazón que seguí dormido. Vi un proyectil de mortero de
El jeque Osama no abandonó por completo las tareas de conducción. Su admirado profesor Abdulá Azzam dirigía en Peshawar
A medida que transcurría la guerra, los caminos de Azzam y Bin Laden se alejaban. El intelectual palestino proponía concentrarse en la consolidación de un estado islámico en Afganistán, mientras su alumno pretendía extender la guerra santa a otros países, un contraste similar al que enfrentó a Stalin con León Trotsky. Esta vez, Trotsky prevaleció: Azzam murió en 1989, en Peshawar, junto con dos de sus hijos en un atentado con explosivos que nunca se aclaró.
El dominio soviético sobre Afganistán tuvo su humillante fin ese mismo año. Fue el preludio de la caída de todo el imperio. En medio de los festejos, el presidente estadounidense George Bush y toda la comunidad internacional se olvidaron de Afganistán, que siguió desangrándose en una inacabada guerra civil entre las facciones que habían luchado contra la ocupación.
“Osama quedó muy frustrado. Cuando vio a los árabes discutiendo entre ellos se asqueó. Él solía decirnos que derrotamos a los soviéticos porque estábamos unidos y Dios nos bendijo por eso. Si no estamos unidos, decía, no cumpliremos la voluntad de Dios”, afirmó el combatiente Jammal Nazimuddin.
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Los mujahidines fueron recibidos como héroes en sus países al regresar de Afganistán. Pero la bienvenida duró poco. El mercado laboral de sus empobrecidas sociedades no pudo absorberlos de inmediato. Para colmo, la adhesión de la mayoría de los combatientes a las corrientes más duras del radicalismo islámico los hacía indeseables a los ojos de los gobiernos. “En algún sentido, fueron como los veteranos de la guerra de Vietnam, privados de adrenalina e incapaces de adaptarse a una vida tranquila. Pero, a diferencia de los soldados estadounidenses, sus esfuerzos no habían sido en vano. Habían derrotado a una superpotencia. Algunos —como Osama— habían escapado raspando de la muerte, y eso los llevó a pensar que Dios los protegía con un propósito”, sostuvo Brian Whitaker, experto en asuntos internacionales del diario británico The Guardian.
Bin Laden también pasó de la gloria a la ignominia cuando regresó a Arabia Saudita, aunque, claro, no tuvo problemas de dinero como sus camaradas. Los clérigos lo invitaban a las mezquitas y los profesores a las aulas para que contara sus experiencias en la jihad afgana. El jeque aprovechaba su auditorio, cada vez más numeroso, para predicar el entrenamiento militar como deber religioso, para alentar la guerra santa, no sólo en Afganistán sino en todos los países musulmanes con gobernantes laicistas, y para lamentar la escasa aplicación, a su juicio, de las leyes islámicas en la tierra del profeta Mahoma.
La corona saudita, temerosa por el eco de las ideas de Osama aun dentro de la familia real, le prohibió viajar al exterior, con el argumento de que alentaba la rebelión en países amigos. Pero el jeque Osama no se calló. Sospechaba que Saddam Hussein se aprestaba a avanzar con sus tropas sobre tierra sagrada. Hablaba de eso en las mezquitas, e incluso le recomendó al rey Fahd en una carta recurrir a 30 mil veteranos de Afganistán para repeler una eventual invasión iraquí, y se ofreció como comandante de los mujahidines.
Su pronóstico resultó certero, aunque a medias. En agosto de 1990, Iraq quedó a las puertas de la frontera nororiental saudita al conquistar Kuwait. Bin Laden reiteró su oferta al rey, que prefirió pedir ayuda a Washington. La presencia de militares estadounidenses en Arabia Saudita aumentó a 300 mil, entre ellos muchas mujeres y bebedores de alcohol, a la espera de la guerra del Golfo que comenzaría seis meses más tarde. Osama bin Laden estaba furioso, tanto por la mera existencia de soldados infieles en la tierra de las dos mezquitas como por los costos económicos de ese contingente. “La situación se convirtió en un volcán a punto de entrar en erupción. Las fuerzas cruzadas son la principal causa de nuestra desastrosa situación económica, debido a los enormes gastos que originan”, anotaría años más tarde, en su declaración de guerra.
El régimen saudita restingió los movimientos del lenguaraz jeque a la ciudad de Jedda, con todo un desierto entre él y las bases militares donde la coalición internacional encabezada por Estados Unidos preparaba su ataque contra Iraq. En su exilio interior, presenció por televisión el combate entre sus dos enemigos. Dos meses después del fin de la guerra del Golfo, Bin Laden se escabulló de Arabia Saudita, una fuga que el régimen quiso luego disfrazar de expulsión. Alegó razones de negocios para que le permitieran viajar a Paquistán, pero eludió el cerco y desapareció en Afganistán. Meses después, apareció por sorpresa en Sudán, donde un golpe de estado había instaurado dos años antes un régimen islámico que recibía a los indeseables de otros países con los brazos abiertos. El jeque Osama se convirtió muy pronto en una personalidad popular entre los sudaneses, por su prédica y por sus millonarias obras de caridad.
Sus hermanos aseguraron haberlo visitado al menos en diez oportunidades para pedirle que abdicara de sus ideas y retornara a Arabia Saudita, cuyo régimen prometió perdonarlo en ese caso. El propio Bin Laden aseguró que fue tentado por un emisario de la familia real, que le ofreció la restitución de su nacionalidad y la devolución de sus bienes si renunciaba a la jihad. Pero “había un montón de personas alrededor suyo que usaban su dinero y ejercían una mala influencia sobre él”, dijo un integrante de la familia a la revista británica The Sunday Times.
Bin Laden y los 500 mujahidines que lo acompañaban no perdieron el tiempo. El jeque sumó tres campamentos militares a los que mantenía en Afganistán y en Paquistán. Allí se entrenaron combatientes que atacaron en el sur de Sudán a los negros animistas, sometidos por la mayoría árabe a frecuentes matanzas, incendios de pueblos enteros y el secuestro de niños y de mujeres luego vendidos como esclavos en el norte y en otros países. También partieron de allí mujahidines que han combatido contra las fuerzas yugoslavas en Bosnia-Herzegovina y en Kosovo, contra las rusas en Chechenia y en Dagestán, y contra los gobiernos de Filipinas, Kenia, Tayikistán, Uzbekistán y Yemen.
El jeque Osama también estableció numerosos negocios legales para financiar la jihad, entre ellos una compañía bancaria y de inversiones, El-Shmal Islamic Bank, y otra de comercio exterior, Wadi al-Aqiq. Su buque insignia fue El-Hijra, firma constructora que le hizo perder decenas de millones de dólares por monumentales obras como la carretera de 1.200 quilómetros entre Jartum y Port Sudan y el aeropuerto de la capital. Pero se desquitó con otras empresas, como dos haciendas agropecuarias y una procesadora de cuero de cabra que exportaba a fábricas de calzado italianas. Además, se le atribuye participación en el oligopolio de la goma arábiga, materia prima insustituible en la elaboración de refrescos, golosinas, maquillajes y medicamentos. Sudán concentra 80 por ciento de la producción mundial de este derivado de la acacia, y las autoridades de Estados Unidos, presionadas por poderosas empresas, exceptuaron su importación del embargo que sufre ese país desde 1993 por patrocinar el terrorismo.
Los primeros actos terroristas de que se acusa a Bin Laden ocurrieron en sus cinco años de refugio en Sudán. Los rastros de los autores conducían hacia sus bases militares y hacia los registros entonces borrosos de Al Qaida. El 29 de diciembre de 1992 estalló una bomba en un hotel de Adén donde solían alojarse soldados estadounidenses de los cuerpos de paz de las Naciones Unidas de paso hacia Somalia. No había entonces ningún soldado en el hotel. Murieron dos turistas austríacos.
El 26 de febrero de 1993, Estados Unidos sufrió el primer embate del terrorismo islámico en su territorio, cuando seis personas murieron al explotar una camioneta llena de explosivos en el estacionamiento subterráneo del World Trade Center neoyorquino. En junio, el príncipe Abdulá, entonces heredero de la corona jordana, sufrió un intento de asesinato. Y el 3 de octubre, una emboscada en Mogadiscio acabó con la vida de 18 cascos azules estadounidenses y de cientos de somalíes. El ataque fue reivindicado por el Ejército Islámico para
“Los jóvenes musulmanes quedaron sorprendidos por la baja moral de los soldados estadounidenses. Se dieron cuenta de que son tigres de papel. Después de sufrir unos pocos golpes, huyeron derrotados”, dijo Bin Laden a la cadena televisiva ABC años más tarde.
El 9 de abril de 1994, el gobierno saudita anunció la revocación de la ciudadanía de Bin Laden y el congelamiento de sus bienes por su “conducta irresponsable”. Su familia también hizo pública su condena a las actividades del jeque. Ese mismo año, Sudán entregó a Francia al terrorista más célebre de los años 70, Ilich Ramírez (conocido como “Carlos, el Chacal”), quien había cambiado el marxismo-leninismo por el Islam y vivía en Jartum al amparo de un nombre falso. El jeque Osama debió olfatear el cambio de vientos en Sudán, que, apremiado por el desastre económico, procuraba un acercamiento con Occidente.
Pero el terror no cesó. Dos turistas españoles murieron acribillados en agosto de 1994, cuando tres franceses musulmanes atacaron con ametralladoras un hotel de Marrakesh, Marruecos. En enero de 1995, la explosión accidental de una bomba casera en una vivienda de Manila dejó al descubierto la operación Boyinka, una conspiración para hacer estallar entre 12 y 20 vuelos comerciales desde Bangkok, Hong Kong, Taipei, Tokio, Seúl y Singapur. De haberse llevado el plan a cabo, unas cuatro mil personas se habrían carbonizado sobre el océano Pacífico. El mismo grupo planificaba el asesinato de Bill Clinton y el papa Juan Pablo II en sus inminentes visitas a Filipinas.
El presidente egipcio Hosni Mubarak sufrió un atentado contra su vida en Etiopía, en junio de 1995. El 13 de noviembre de ese año, un balde desbordó el vaso: una camioneta cargada de explosivos estalló en una base militar estadounidense en Riyad. Cinco soldados estadounidenses y dos indios murieron. Ese mismo mes, un coche-bomba estacionado fuera de la embajada de Egipto en Paquistán mató a una veintena de personas. Y el 21 de diciembre, estalló otro en un populoso mercado en Peshawar. Allí murieron 36.
Fue demasiada pólvora aun para el régimen sudanés, que abrevaba en la misma ideología de Bin Laden y le debía grandes favores. El jeque fue expulsado en mayo de 1996, pero él aseguró haberse marchado por su propia voluntad: los sudaneses “insistieron en que cerrara la boca”, dijo. “Decidí buscar una tierra donde pudiera respirar aire puro y cumplir con mi tarea.”
Encontró el aire puro en Afganistán, donde el colmo histórico del extremismo religioso estaba a punto de perpetrarse.
Al mismo tiempo, el presidente Bill Clinton autorizaba operaciones secretas para asesinar a Bin Laden. La temporada de caza sin fin había comenzado.
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El mismo mes en que el jeque Osama abandonó Sudán, los cuatro ex veteranos de Afganistán acusados del atentado en Riyad fueron decapitados. Dejaron, como legado, una confesión grabada en vídeo en que reconocían como inspiración los escritos de Bin Laden. Veinticinco días después, un camión con dos toneladas de dinamita explotaba en las Khobar Towers, complejo de viviendas de la fuerza aérea estadounidense en Dhahran, Arabia Saudita. Diecinueve soldados infieles murieron.
Mientras, Bin Laden orientaba la ofensiva hacia uno de su frentes de batalla favoritos: los medios de comunicación occidentales. El 23 de agosto de 1996 fue su primer intento, al difundir por Internet las 12 páginas en árabe de lo que luego se convirtió en una suerte de libro de cabecera para revolucionarios islámicos: el “Mensaje de Osama Bin Laden a sus Hermanos Musulmanes en Todo el Mundo y en Especial a los de
Pero tres meses más tarde, su rostro y su palabra irrumpieron en la televisión británica. Y en mayo de 1997, lo entrevistó la cadena televisiva estadounidense CNN.
Algunas declaraciones de Bin Laden fueron consideradas el reconocimiento, aunque velado, de su participación en ciertos atentados. “Pensábamos que las bombas en Riyad y en Dhahran eran una señal suficiente para que quienes toman las decisiones en Estados Unidos evitaran un enfrentamiento real con la nación islámica, pero parece que no entendieron”, dijo. Ambos ataques fueron “el comienzo de una guerra entre musulmanes y estadounidenses”, agregó. El jeque paquistaní Ramzi Yousef, hoy condenado en Nueva York por el primer atentado contra el World Trade Center, es “un musulmán que defendió el Islam de la agresión estadounidense”. “Por desgracia, no lo conocí”, aseguró, a pesar de que se refugió en una de sus casas de huéspedes en Islamabad.
Bin Laden dijo conocer a Wali Khan Amin Shah, el planificador de la frustrada operación Boyinka. “Es uno de los mejores jóvenes musulmanes combatientes en Afganistán. Fue apodado ‘El León’. Fuimos buenos amigos. Combatimos juntos en la misma trinchera contra los rusos. Pero no trabaja para mí: todos nosotros trabajamos para Dios y esperamos su recompensa.”
“Predecimos un día negro para Estados Unidos, su fin. Ese país se convertirá en la sombra de sí mismo. Sus estados se disgregarán, y recogerá los cuerpos de sus hijos cuando se retire de nuestra tierra”, advirtió.
La preocupación principal de Bin Laden en sus primeros días en Afganistán fue la situación política interna, pues la guerra civil no garantizaba su seguridad. “Mediaré entre Talibán y
El gobierno de Estados Unidos aprobaba en silencio el curso de los acontecimientos: quería parar la guerra civil en Afganistán, que desde 1992 había causado entre 25 mil y 45 mil muertes. Necesitaba un gobierno fuerte y estable para reanudar la construcción de oleoductos y gasoductos interrumpida en 1979 y para detener el cultivo de adormidera, materia prima de la heroína. Además, la interpretación extrema del credo sunnita de los talibanes se traducía en un tajante enfrentamiento con el Irán chiíta, con cuya Revolución Islámica estaba enfrentado Estados Unidos. El diputado republicano Dana Rohrabacher, ex asesor de Reagan que visitó bases militares de Bin Laden durante la guerra contra los soviéticos, aseguró que el presidente Clinton dio “luz verde” al respaldo de Arabia Saudita, Paquistán y otros países islámicos a Talibán, cuya administración agudizó la miseria y la opresión.
Esta organización fanática fue creada por estudiantes (“talibán”, en árabe) de centros coránicos del exilio afgano en Peshawar durante la ocupación soviética, muchos de ellos huérfanos de guerra. Una vez en el poder, impusieron una interpretación literal y estricta del Corán, aun en sus pasajes más metafóricos, como si fuera letra muerta. El texto sagrado condena la adoración de ídolos, y por eso Talibán prohibió la fotografía, la televisión, el cine, las artes plásticas en general, los juegos de naipes y hasta el ajedrez, una invención persa. Monumentos universales como la representación de Buda en la provincia de Bamiyán fueron dinamitados. Los afganos tampoco permiten los aplausos, ni siquiera en recintos deportivos, porque sólo Dios merece homenajes.
La policía religiosa, denominada Brigada de Prevención del Vicio y Promoción de
Las mujeres son menos que los animales, en un país donde en 1992 representaban 40 por ciento de los médicos, 60 por ciento de los profesores y la mitad de los estudiantes universitarios. Talibán les prohíbe salir a la calle sin compañía masculina y sin el burka, una especie de jaula de tela maciza que las cubre de la coronilla a la planta de los pies. Las ventanas de sus habitaciones deben estar pintadas y jamás se les permite abrirlas. No pueden trabajar ni estudiar, y se les priva del derecho a la salud porque a los médicos se les prohíbe tocarlas y a las médicas ejercer la profesión. Las viudas sin hijos varones viven en reclusión.
El régimen impuso la muerte de los blasfemos, la amputación de las manos de los ladrones y de los pies a los reincidentes, la castración de los violadores y los azotes con alambre o varillas de madera a quienes cometan infracciones nimias. Pero no para los cultivadores de adormidera: Afganistán concentra 80 por ciento de la producción mundial, lo que equivale a 91 mil millones de dólares, según informes de
El jeque Osama descubrió su paraíso en este sitio infernal. Después de la traición de Sudán, temía encontrar dificultades para obtener refugio aun en el país por cuya liberación había luchado tanto durante 10 años. Pero poco después de su llegada, el mulá Mohamed Omar, líder espiritual de Talibán, le envió una delegación para asegurarle que contaría con su protección. Muy pronto, fue el propio Omar quien acudió en persona. Ambos habían combatido a los soviéticos —el líder afgano perdió un ojo en la batalla—, pero no se conocían. Fue el comienzo de una hermosa amistad. Así como los presidentes se intercambian obsequios en sus visitas, Bin Laden y Omar llegaron a intercambiarse sus hijas, y fueron declarados suegro y yerno, yerno y suegro.
En los meses siguientes, el jeque Osama trabó relación con altos dirigentes talibanes, en particular con el clero. Además, mantuvo su actividad en la construcción —la casa de Omar en Kandahar, por ejemplo, fue un obsequio suyo—, colaboró con la compra de equipos de combate y aconsejó a los dirigentes cómo negociar con compañías europeas el trazado de gasoductos y oleoductos en territorio afgano para obtener mejores ganancias. Construyó mezquitas y regaló automóviles a los comandantes. Día a día aumentaba el poder del saudita en la corte talibana.
Pero no estaba aislado. La justicia europea asegura que su dinero estuvo detrás de la matanza de cuatro egipcios y 58 turistas extranjeros, la mayoría alemanes, en el templo de Hatshepsut, en Luxor, a manos de cuatro militantes del grupo local Al-Gamaa Al-Islamya el 17 de noviembre de 1997. El jeque Osama consolidó su fuerza en febrero de 1998, cuando, blandiendo el Corán ante un centenar de representantes de esa y otras organizaciones islámicas de varios países, dijo: “No podemos derrotar a los herejes solo con este libro. Debemos mostrarles el puño.” Fue en la ciudad de Kandahar, centro religioso de Afganistán. Pocas horas después, quedaba constituido el Frente Islámico Internacional para
Sus seguidores no perdieron el tiempo. En la mañana del 7 de agosto, con diez minutos de diferencia, estallaron sendos coches- bomba frente a las embajadas de Estados Unidos en Kenia y en Tanzania. Los blancos fueron sorpresivos, porque los servicios de inteligencia preveían un ataque en Arabia Saudita. Murieron 231 personas en Nairobi, 12 de ellas estadounidenses. Miles resultaron heridos, y a 14 debieron sacarle los ojos en un quirófano. La explosión derrumbó un colegio donde numerosos niños asistían a clase. Ningún estadounidense figuró entre los 11 muertos en Dar es Salaam. Muchas de las víctimas eran musulmanes: 35 por ciento de los habitantes de Tanzania y siete por ciento de los de Kenia profesan esa religión.
“No estuve involucrado en los atentados, pero no lamento lo que ocurrió”, dijo el sospechoso. “Lo que sé es que aquellos que arriesgaron sus vidas para complacer a Dios son hombres verdaderos que libraron a la nación islámica de la deshonra. Sentimos por ellos la más alta estima.”
Sin embargo, el jeque Osama fue señalado como principal sospechoso y trepó de inmediato al tope de la lista de los delincuentes más buscados por el FBI, con un precio de cinco millones de dólares por su cabeza. Y aún no había pasado lo peor.
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Bill Clinton esperó sólo 12 días para su represalia. Esta vez, la respuesta pasó de la mera operación policial a la acción militar. Fueron 70 misiles Tomahawk contra al menos tres bases de Bin Laden en Afganistán. Hubo, según Talibán, 26 muertos, todos ellos estudiantes de religión y ningún terrorista. Según los servicios de espionaje occidentales, la mayoría eran guerrilleros de Cachemira que se preparaban para su lucha contra India. Las fotos que dieron la vuelta al mundo mostraban mezquitas en escombros y páginas del Corán quemadas.
Los ángeles, dicen, salvaron otra vez a Bin Laden. El jeque decidió poco antes del bombardeo suspender su visita al campamento Harkatul Jihad al-Islami,
“Nuestro blanco es el terror”, dijo Clinton ese día. “Nuestra misión fue clara: atacar la red de grupos radicales aliados con Bin Laden, quizás el principal organizador y financista del terrorismo en el mundo.” Pero, según la periodista Mary Anne Weaver, la reacción de Washington “mitologizó” al líder islámico. También sembró dudas la oportunidad del ataque: Clinton había confesado tres días antes, en directo y por televisión, que le había sido infiel a su esposa. Aún se discute si el objetivo del ataque era, en realidad, desviar la atención del público.
“Los estadounidenses no pueden imaginar cómo la represalia fortaleció la imagen de Bin Laden”, coincidió el disidente saudita Al-Fagih. “El mejor regalo que pudo darle Clinton fue hablar sobre él. Al otro día, los musulmanes hablaban de Bin Laden como si fuera una superpotencia contra Estados Unidos.”
El mayor descrédito fue el otro blanco del ataque: la fábrica de productos farmacéuticos Al Shifa, en Jartum, donde cayeron unos veinte misiles. Según Washington, muestras de suelo demostraban que allí se destilaba gas nervioso. Pero luego se supo que Al Shifa solo elaboraban medicamentos, la mitad de los que se consumían en el empobrecido Sudán. “Nunca antes una simple muestra de tierra había alentado un acto de guerra contra un estado soberano”, dijo el ex jerarca de
Los testimonios de la participación de Bin Laden en los atentados llegaron dos años después. Alí Mohamed, un condecorado sargento retirado del ejército de Estados Unidos nacido en Egipto, se declaró culpable en octubre de 2000 de conspirar junto con Bin Laden para cometer atentados en Nairobi contra objetivos de su país adoptivo y de Francia, Gran Bretaña e Israel. Mohamed, que había enseñado cultura islámica a militares estadounidenses y entrenado a mujahidines en Afganistán cuando aún estaba en actividad, aseguró haber ayudado al jeque a trasladarse de Paquistán a Sudán y que entrenó a militantes de Al Qaida en Afganistán.
“El objetivo era atacar cualquier blanco estadounidense en Medio Oriente. Tomé fotografías, dibujé diagramas y escribí un informe”, dijo el soldado ante un juez de Nueva York. En Sudán, “Bin Laden miró la fotografía de la embajada estadounidense y señaló dónde podía ubicarse una bomba humana”.
Pocas semanas después, según el diario británico The Sunday Times, concluían las tareas de reconstrucción de las bases del jeque Osama destruidas por los Tomahawk, y nuevos refugios eran cavados bajo las montañas de Pamir, en el norte.
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Los atentados de 1998 dejaron a Estados Unidos temblequeando. El siguiente sería el año de las amenazas. El director de
A fines de febrero, el diario USA Today aseguró que los servicios de inteligencia habían frustrado atentados a la base aérea Príncipe Sultán, en Arabia Saudita, donde permanecen desde 1990 medio centenar de aviones militares infieles, y también a las embajadas de Estados Unidos en Albania, Azerbaiyán, Costa de Marfil, Tayikistán, Uganda y Uruguay. En julio, el FBI suspendió las visitas turísticas a su edificio en Washington por temor a los ataques, y el secretario de Defensa, William Cohen, canceló una visita a Albania por las amenazas de muerte de los hombres de Bin Laden.
En octubre, el Consejo de Seguridad de
El año 2000, en que se conmemoraba un aniversario redondo del fundador del cristianismo —con tres ceros, inventados por los árabes—, también estuvo pleno de inquietud. Pero las autoridades se mostraron más atentas. El argelino Ahmed Resam, quien dijo luego haber recibido entrenamiento en campamentos de Al Qaida en Afganistán, intentó ingresar el 14 de diciembre al noroeste de Estados Unidos desde Canadá con 45 quilogramos de explosivos. Otros integrantes de su célula fueron detenidos luego, lo que impidió la detonación de bombas en varios puntos del país, entre ellos el aeropuerto internacional de Los Ángeles. Un operativo contra el buque militar estadounidense USS Sullivans fracasó el 3 de enero en el puerto yemenita de Adén cuando una pequeña lancha con explosivos se hundió.
En Ammán, la detención de Khalil Dik, también cercano a Bin Laden, abortó una serie de atentados contra instalaciones turísticas y lugares emblemáticos del judaísmo y el cristianismo, como el monte Nebo, desde donde Moisés vio la tierra prometida sin poder entrar en ella, y el sitio del río Jordán donde Juan el Bautista solía predicar. Poco después, la policía de Nueva Zelanda capturó en Auckland a un grupo de refugiados afganos que pretendían detonar una bomba en el reactor nuclear australiano de Lucas Heights, cerca de Sydney, donde se celebrarían en septiembre los Juegos Olímpicos. También hubo detenciones en Kuwait y en Qatar.
Pero los esfuerzos de Al Qaida tuvieron éxito el 12 de octubre, cuando una lancha con dos suicidas a bordo repitió el intento frustrado contra el USS Sullivans en Adén. El buque USS Cole, de
Un día después del atentado contra el buque estadounidense, otro suicida se inmoló, con el mismo tipo de explosivo, frente a la embajada de Gran Bretaña en Yemen.
Al cabo del año, el principal asesor en materia de terrorismo de Clinton, Richard A. Clarke, afirmó que el plan de Bin Laden era arruinar los festejos del milenio, pero que la cosa pudo haber sido peor. “¿Qué habría pasado si enero hubiera comenzado con mil estadounidenses muertos en seis o siete lugares de todo el mundo? Bueno, estuvimos muy cerca de que eso pasara.”
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Ramzi Yousef, principal planificador del primer atentado contra las torres gemelas del World Trade Center en 1993, cuando sólo tenía 25 años, fue detenido en Paquistán y conducido a Nueva York para someterlo a juicio una noche de febrero de 1995. Durante el viaje en avión, confió a los agentes que lo custodiaban su intención de dejar las torres al ras de la tierra y matar así a un cuarto de millón de personas: los que trabajaban allí y los que anduvieran por las cercanías. Para eso, dijo, hubiera necesitado mucha más dinamita, y no pudo pagarla.
Antes del aterrizaje, le cubrieron los ojos con una venda. Subieron a un helicóptero en el mismo aeropuerto. Cuando el aparato se acercaba a las torres gemelas, uno de los agentes lo dejó mirar.
—¿Las ves? —le dijo—. Todavía están ahí.
—La próxima vez, tendré más dinero —contestó Yousef—. Las voy a demoler.
Seis años después, se supo que no era una broma. Era una amenaza.
El año 2001 comenzó con cierta tranquilidad. Clinton había dejado el lugar al hijo de su antecesor, George W. Bush, quien hizo en sus primeros meses como presidente todo lo posible para enojar a buena parte del mundo: a los árabes, a los asiáticos e incluso a sus aliados europeos. La policía de India arrestó a un grupo de musulmanes que estudiaban el terreno para detonar una bomba en la embajada estadounidense. Las autoridades de Yemen abortaron el asesinato de investigadores del atentado contra el USS Cole. En julio, el Departamento de Estado informó que Al Qaida pretendía atacar, otra vez, objetivos estadounidenses en Arabia Saudita. Nadie pensaba que habría un ataque en el corazón y en los intestinos de Estados Unidos. Y menos un gran ataque.
“En agosto recibí información de que Osama bin Laden estaba planificando un ataque muy, muy grande contra Washington, algo sin precedentes”, dijo el editor de la revista Al-Quds Al-Arabi de Londres, Abdel Bari Atwan.
El 11 de septiembre fue cometido el peor atentado terrorista de la historia. Esta vez, no hubo que comprar dinamita: apenas pasajes de avión. Cuatro equipos de terroristas de entre cuatro y cinco personas secuestraron en vuelo cuatro aviones comerciales con los tanques llenos de combustible, pues se dirigían de Boston, Newark y Washington, en la costa del lejana océano Atlántico, a Los Ángeles y a San Francisco, en la costa del Pacífico. Era un martes, el día de menos tráfico de la semana. Los secuestradores previeron, así, menos dificultades para someter a la tripulación y a los pasajeros con pequeños cuchillos, algunos ocultos en encendedores. Aun así, no pudieron con la resistencia de los viajeros del vuelo 93 de la aerolínea United Airlines, que se precipitó sobre Pennsylvania. Los terroristas, al parecer, querían estrellar el avión contra edificios de Washington como
Los otros tres vuelos alcanzaron sus blancos: las dos torres gemelas del World Trade Center neoyorquino y el Pentágono en Washington. Los aviones, convertidos en misiles, terminaron el trabajo iniciado por Ramzi Yousef. Los miles de grados de temperatura alcanzados por el combustible en llamas disolvieron en el aire los cuerpos de quienes viajaban en los aviones o se encontraban cerca del impacto en los edificios. Poco más de una hora después, las torres generaron al derrumbarse un temblor equivalente a un terremoto de dos grados en la escala de Richter. La demolición causó muerte y destrucción aun en puntos alejados del World Trade Center. Una nube de polvo cubrió el sur de Manhattan durante más de una semana. También un sector del Pentágono quedó reducido a escombros. Los muertos fueron calculados en más de seis mil.
Horas después, Bush declaraba: “No se equivoquen. Estados Unidos cazará y castigará a los responsables de estos actos de cobardía.”
Todas las sospechas apuntaban, otra vez, hacia las montañas de Afganistán. De los 19 sospechosos de haber secuestrado los aviones, 15 procedían de Arabia Saudita —entre ellos el hermano de un comandante de policía, el hijo de un jefe tribal, dos profesores y tres abogados—, y el resto, de países árabes donde Bin Laden cuenta con muchos seguidores. Al menos 11 de ellos recibieron entrenamiento en las bases de Al Qaida, según Al-Fagih. El senador estadounidense Orrin Hatch dijo que, según le dijeron funcionarios del FBI, allegados del jeque se intercambiaron mensajes radiofónicos para avisarse que “habían alcanzado dos blancos”. En su informe al parlamento, el primer ministro británico Tony Blair anotó, como en una sentencia: “Bin Laden afirmó, poco antes del 11 de septiembre, que preparaba un gran atentado contra Estados Unidos. En agosto y a principios de septiembre se advirtió a personas cercanas a Bin Laden en todo el mundo que debían regresar a Afganistán antes del 10 de septiembre.”
El jeque Osama fue vinculado con los atentados hasta por sus propios seguidores. En Londres, el jeque Mohammad Omar Bakri consideró que se trataba de él, pero que nadie debía esperar una admisión. “A los musulmanes no nos interesa atribuirnos estos hermosos actos. Todos, y antes que ninguno el hermano Osama bin Laden, trabajamos por la gloria de Dios y de ningún otro. Estaba esperando que algo así sucediera, porque ya era hora de que los estadounidenses pagaran. Lamento la muerte de gente inocente, pero en nuestros corazones todos estamos muy contentos. También en las mezquitas de Londres hemos celebrado este gran acontecimiento repartiendo dulces y pasteles entre los fieles.”
Bin Laden, en efecto, negó estar detrás de los ataques contra Estados Unidos. En un mensaje al diario paquistaní Ausaf, escribió: “No tengo ningún vínculo con estos hechos, pero los apoyo, porque son una reacción legítima de los pueblos oprimidos contra la potencia estadounidense.” En otro contacto con la corresponsalía de la televisión de Emiratos Arabes Unidos en Islamabad, uno de sus asesores sostuvo que “Osama bin Laden agradeció a Dios cuando oyó las noticias”, pero “no tuvo información o conocimiento del ataque”. En un comunicado enviado por fax al canal de noticias Al Jazeera, de Qatar, afirmó: “Enfatizo que yo no llevé a cabo este acto, que parece haber sido cometido por individuos con sus propias motivaciones. Estados Unidos me está señalando con el dedo, pero no fui yo.” También Talibán defendió la inocencia de su huésped, y reclamó a sus acusadores las pruebas que lo vincularan con los ataques. Los dueños de Afganistán volvieron a negarse a entregarlo a Estados Unidos y reiteraron su disposición a juzgarlo dentro del país, de acuerdo con la ley islámica, que en caso de gloriosos combatientes como el jeque Osama puede ser muy elástica.
Mientras, cientos de musulmanes eran encarcelados en Estados Unidos y en Europa. Muchos fueron liberados por falta de pruebas que los vincularan con los hechos del 11 de septiembre.
Tres semanas después de los ataques, y horas antes de que Estados Unidos iniciara prolongados bombardeos para cazarlo, Bin Laden entregó una declaración grabada en video a Al Jazeera, en el que aparecía junto a sus lugartenientes. Sus palabras parecen una admisión: “Dios se los ha regalado. Sus edificios más altos fueron destruidos. Estados Unidos tiembla, gracias a Dios. Lo que están experimentando hoy lo hemos sufrido nosotros por años. Ahora que una pequeña unidad atacó a Estados Unidos, gritó el mundo en su totalidad. He aquí a Estados Unidos, lleno de terror de norte a sur y de este a oeste. Dios dirigió los pasos de un grupo de musulmanes que destruyeron Estados Unidos, e imploramos a Dios que los admita en el paraíso. Juro por Dios que Estados Unidos no conocerá nunca más la seguridad antes de que Palestina la conozca, y antes de que todos los ejércitos occidentales ateos salgan de tierra santa.” Y un mes después, Suleiman Abú Gneith, portavoz de Al Qaida, advirtió en otro mensaje televisado: “Washington debe saber que la tormenta de aviones no cesará.”
George W. Bush caviló más tiempo que Clinton antes de lanzar su ataque. Debió, antes, sellar una frágil alianza con otros países para que apoyaran las operaciones militares en Afganistán, o al menos que no las condenaran. El mundo islámico le dio su aprobación, excepto Irán, Iraq, Líbano, Malasia y un puñado de gobiernos. Paquistán, que hasta días antes era el principal sostén internacional de Talibán y un enemigo de Washington, dio el respaldo decisivo a Estados Unidos al prestar su territorio para lanzar los ataques, confiado en que se le retirarían las sanciones internacionales impuestas por sus pruebas con armas nucleares y por el carácter dictatorial de su gobierno.
El domingo 7 de octubre, 26 días después del ataque contra Estados Unidos, aviones y submarinos de ese país y de Gran Bretaña lanzaron una lluvia de misiles sobre Kabul y otros sitios de Afganistán, en una larga campaña. Actuaban “respaldados por la voluntad colectiva del mundo”, dijo Bush. “Todas las naciones deben tomar una decisión. En este conflicto, no hay territorios neutrales.”
El bombardeo ocasionó cientos o miles de bajas entre los civiles afganos, que, como en Kosovo, fueron encubiertas bajo el eufemismo “daños colaterales”. Poblados enteros abandonaron sus hogares para concentrarse en las fronteras con Paquistán e Irán en busca de refugio. Junto con las bombas, los aviones estadounidenses lanzaron paquetes de alimentos. Al igual que los misiles, eran amarillos. Muchos encontraron la muerte donde pensaban hallar comida.
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Es posible que Osama bin Laden esté muerto cuando estas páginas sean leídas. Estados Unidos no parece inclinado a capturarlo con vida para juzgarlo por sus crímenes, porque, si bien todo sugiere que fue responsable de numerosas muertes, sus acusadores carecen de pruebas contundentes para condenarlo en un tribunal serio. Demasiadas dudas lo benefician.
El jeque Osama se trasladó a una cueva, seguro de que los misiles no lo alcanzarían, el mismo 11 de septiembre, con 60 vehículos cargados a tope de equipos militares y de comunicación vía satélite.
“Los ataques de Estados Unidos no harán más que elevar la estatura política de Bin Laden”, dijo el paquistaní Hamid Mir. “Su peligrosa ideología está fundamentada sobre el odio a Estados Unidos y se extenderá como un reguero de pólvora por todo el Islam. Los jóvenes creerán en Bin Laden como en un héroe.”
“Osama bin Laden hizo lo más grande que podía hacer. Ya es un héroe para los jóvenes musulmanes de todo el mundo. Ya puede entregar su vida a Dios, sin más. Al Qaida puede seguir matando sin él”, dijo, por su parte, Saad al-Fagih.
Algo es seguro. Los radicales islámicos contraatacarán. Luego, Occidente tomará represalias. Y la espiral seguirá hasta que llegue a su centro, que quizás sea la destrucción del mundo.
Bush dijo, poco después de los ataques contra Nueva York y Washington, que estaba dispuesto a dirigir una “cruzada para librar al mundo de los malvados”. La alusión a una “cruzada” alarmó al mundo musulmán: la palabra se refiere a la campaña de los cristianos europeos en
Entonces, no es sólo un jeque saudita y su horda de fanáticos seguidores los que proponen enardecer la lucha entre el Islam y Occidente, en el marco del “choque de civilizaciones”, postulado por Samuel Huntington en 1993, al finalizar la dicotomía entre comunismo y capitalismo. “La fuente esencial de conflicto en este nuevo mundo no será ideológica o económica. Las grandes divisiones de la humanidad y la fuente de conflicto dominante serán culturales. El choque de civilizaciones dominará la política mundial. Las fallas entre civilizaciones serán las líneas de batalla del futuro”, pronosticó Huntington, para quien la principal de esas fallas era la que separaba al mundo musulmán del occidental.
En cambio, un antropólogo chino-estadounidense, Francis Hsu, sostuvo que judaísmo, Islam y cristianismo son culturas más vinculadas entre sí de lo que parecen dispuestos a aceptar sus comunidades. La diferencia entre estas civilizaciones y otras, como las de China, India y Japón, es que se niegan a aceptar buenas ideas fuera de su mágica aldea religiosa.
“Los teólogos, los ulemas, los inquisidores y los políticos del mundo occidental han gastado mucho tiempo y energía en buscar las diferencias, que sirven como fundamento para teorías, acciones y actitudes”, dijo el escritor y poeta estonio Jaan Kaplinski. “Tanto India como China carecieron de guerras religiosas hasta la llegada de los conquistadores musulmanes y cristianos, y las diferencias culturales internas parecen importar menos que en Occidente. Los intelectuales chinos han sido todos bien conscientes de las diferencias entre el budismo y el taoísmo, pero para ellos esas diferencias eran menos importantes que las similitudes. De ahí que adaptaran con libertad términos del taoísmo para el pensamiento budista, y viceversa. En el pensamiento religioso hindú, la tendencia predominante es a resaltar las similitudes, a ver a todas las religiones como una y la misma, a minimizar las diferencias entre budismo e hinduismo o incluso entre el Islam e hinduismo.”
Pero otra parte del mundo parece dispuesta, en nombre de Dios, a vivir bajo una lluvia de balas, de misiles, de aviones y de explosivos. No es Dios, sino los hombres, lo que desata la tormenta.
“Los estadounidenses estará en mayor peligro si tratan de matarme. Si matan a un Osama, miles de Osamas se volverán en su contra. Cientos de jóvenes juraron morir por mí”, dijo el líder islámico.
Decenas de miles de soldados rodearon el escondite de Bin Laden para librar la guerra. Decenas de millones de estadounidenses salieron a la calle con la bandera de franjas y estrellas, en un insólito torrente patriótico, pidiendo fuego hasta arrasar contra el enemigo que, por primera vez, se animó a apuntar contra el país más poderoso del mundo.
Osama, en árabe, quiere decir “león”. Desde Marruecos hasta Malasia, miles de niños llevan con orgullo ese nombre, en honor del jeque guerrero. El rugido puede llegar a ser ensordecedor en el futuro.

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